El fin de un tiempo (I): Democracia

 Nunca pensamos que sería así. No se puede decir que no lo viéramos venir, naturalmente: el mundo entero lo vio venir. Y lo que es más, tampoco a nadie le extrañó demasiado. En el contexto de lo que estábamos viviendo, parecía sólo una cuenta más en aquel rosario de desdichas que llevábamos un año desgranando.

El 2020 estaba siendo raro de cojones. Un año extraño, cargado de noticias desconcertantes, y estaba poniendo a prueba la paciencia y el temple del mundo entero. Como si de una versión de baratillo del Apocalipsis según San Juan se tratara, el año 2020 había traído la peste a todo el mundo, y el hambre a no pocos sitios. España no había quedado al margen, naturalmente, llevábamos nuestra ración de 2020 con extra de coronavirus, que para eso estábamos siendo el país europeo con mayor incidencia de la pandemia. Aparte de la perenne noticia de todos los informativos desde el mes de enero, con todo lo que conllevaba, cuarentena y confinamiento salvaje incluido, y crisis económica abatiéndose a cámara lenta sobre nosotros, en el verano que acababa de terminar habíamos presenciado lo nunca visto: ciudades y playas casi sin turistas, brote epidémico de fiebre del Nilo a 15 kilómetros de Sevilla, microterremotos y hasta el avistamiento de una supuesta pantera en Granada que resultó ser un gato doméstico particularmente gordo, vaya usted a saber si fugado o más probablemente abandonado, en sus hazañas de picos pardos por el campo. Para cuando la noticia del día fue que el presidente de los EE.UU. había ingresado en un hospital militar aquejado de coronavirus, el ánimo general no estaba para asombros, y lo acogimos con la misma sorna con que llevábamos meses acogiendo, una tras otra, las extrañas noticias que llegaban a las pantallas de nuestros televisores, ordenadores y smartphones. 

A fin de cuentas ¿por qué iba esto a tener más relevancia que cuando enfermó el primer ministro inglés, el presidente de Brasil o la mujer del presidente de nuestro país, para el caso? Pese a todo, ni EE.UU. era España, ni el presidente de EE.UU. era el presidente de España. Alguno quizás se sorprendió cuando la noticia fue que la bolsa cayó a renglón seguido de la noticia, mientras que otros lo que vieron fue un intento más de manipulación mediática del mercado. Sin embargo, algo cambió en la opinión pública americana. Como si de un efecto más de la enfermedad se tratase, Donald Trump empezó a perder popularidad, e incluso entre sus más acérrimos partidarios se dejaba sentir por primera vez una cierta inseguridad ante el futuro ¿el Presidente enfermando a cuatro semanas de las elecciones? ¿El mismo presidente que había hablado tan jactanciosamente en el debate apenas tres días antes? En España no seguimos con demasiada atención lo que iba ocurriendo al otro lado del charco. A fin de cuentas, a la mayoría de nosotros, la política americana ni nos interesaba demasiado, ni pasaba de parecernos un espectáculo de masas, un circo para consumo interno del pueblo americano, cuyas consecuencias se extendían, indudablemente, al resto del mundo, pero totalmente ajeno a nuestra forma de ver el mundo, la política y la realidad misma. Así que, salvo para los que seguían este tipo de cosas con más atención, durante las siguientes semanas los españolitos seguimos a lo nuestro, con nuestros propios problemas - los rebrotes del coronavirus, los confinamientos de ciudades y barrios, los ERTEs, los cierres de algunos colegios, los políticos bocazas, los catalanes y sus follones...- sin prestar demasiada atención a los cruces de acusaciones entre los políticos demócratas y republicanos de los EE.UU. ni a sus insultos, sus amenazas veladas, las manifestaciones cada vez más exaltadas de sus partidarios... en definitiva, no prestábamos atención a los signos, más que evidentes si nos hubiéramos tomado la molestia de reflexionar sobre ello, de lo que estaba a punto de suceder.

Y así, más bien por sorpresa, nos pilló "el primer martes después del primer lunes del mes de noviembre", o sea, el 3 de noviembre de 2020, cuando, pese a los desesperados intentos del Presidente por conseguir retrasar las elecciones o poner coto al voto por correo, se celebraban las elecciones de la democracia más antigua del mundo. Algunos dirán, cuando se escriban manuales de historia sobre esto, que el mundo contuvo la respiración ante las elecciones más trascendentales de la historia americana. Nada más cursi ni más lejos de la realidad. Aunque (junto al omnipresente coronavirus) aquello era la noticia del día, nadie prestó atención como no fuera para hacer chistes. Salvo quizás los que habían seguido aquel circo con atención, nadie en España dedicó más de cinco minutos al tema. Y cuando por la noche (para nosotros, al día siguiente) finalizó el recuento de las papeletas y Donald Trump se autoproclamó vencedor, tampoco fue una sorpresa. Sí que nos sorprendió que los demócratas se negaran a acatar el resultado a falta del recuento del voto por correo. A ver si iba a resultar que los españoles no éramos los mayores chapuceros en cuestión política, después de todo. Durante los siguientes días, asistimos, entre atónitos y divertidos, al espectáculo de recursos judiciales, recuentos de votos, recuentos interrumpidos, recuentos aplazados, declaraciones de Trump fuera de sí poniéndose de color escarlata, mientras sesudos analistas y contertulios nos intentaban explicar desde las páginas de los periódicos y los programas-tertulia, de qué iba todo aquello. Que el Presidente Trump había ganado en las urnas en muchos estados indecisos, pero que debido al coronavirus, muchos votantes, en su mayor parte demócratas, habían pedido el voto por correo. Que en EE.UU. el voto por correo tardaba horrores en ser recontado, y que por eso, en varios estados en los que Trump había ganado en las urnas, había perdido, en realidad, debido al voto por correo. Que esos estados eran claves, debido al sistema de elección del presidente americano. Que ahora unos y otros se afanaban en denunciar ante los tribunales de cada estado, e incluso ante el Tribunal Supremo, los presuntos fraudes, los cambios legales hechos sobre la marcha, la manipulación de los distintos estados... que, en definitiva, aquel sindiós iba a dejar el caos electoral del año 2000 en una simpática anécdota.

La sorna y el cachondeo duraron lo justo. Cuando las manifestaciones-espectáculo en las calles de Washington, Nueva York, Detroit, Chicago o Austin, algunas de ellas con acampadas incluidas, dieron paso a las algaradas callejeras, convirtiéndose en auténticas batallas campales, a todos nos pareció que la cosa se empezaba a poner seria. Al mismo tiempo, la retórica de Trump y las amenazas de los demócratas iban subiendo de tono. Cuando llegó el primer tiroteo, quedó claro que aquello había dejado de ser una broma.

Pero aquel tiroteo fue solo la espoleta que hizo estallar el orden por los aires. Rápidamente grupos radicales se pusieron en marcha. A los tiroteos en manifestaciones le siguieron asaltos a tribunales, instituciones electorales, colegios, asociaciones por los derechos civiles... con las consiguientes reacciones por parte de grupos de ideología contraria.

Pese a la instauración del toque de queda en varios estados y al despliegue de la Guardia Nacional en siete de ellos, el mes de diciembre llegó con los Estados Unidos de América en estado de motín generalizado.

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