El Rey Caballero

 De pie, frente al féretro, abrumado por el perfume de las flores que ya se marchitaban, contempló por última vez el rostro de su padre, mientras los enterradores cerraban el ataúd. Su madrastra, la reina Isabel, acababa de retirarse tras un postrer saludo al cadáver yacente de su marido. No se sentía en absoluto preparado para hacerse cargo de ese avispero que le correspondía en herencia.

-¿Cómo lo hizo, Álvaro?

-Perdón ¿Cómo dice usted, Majestad?

-¡Ah! Tú no, por favor, si alguna vez he necesitado no sentirme adulado, es hoy - suspiró- ¿Cómo lo hizo para mantenerse en el trono durante 19 años cuando nadie apostaba ni un real por él?

Romanones reflexionó unos segundos.

-Bueno, no es del todo cierto que nadie apostara por él. El marqués de Castillejos fue quien le trajo a España. Casi le costó la vida aquel día en la calle del Turco, pero siguió firme en su apuesta. Y la historia le ha dado la razón, sin duda

-Ese viejo zorro... sí, sin duda le debemos todo a su astucia

-Su familia, sin duda, y toda España, en realidad. Lástima que se nos esté haciendo tan mayor... todavía, sin embargo, puede ser un gran apoyo para usted

-Sin duda. Aunque tenga ya 76 años y le cueste mantenerse en pie

-Pero sigue teniendo la misma lucidez de siempre, y me juego los bigotes a que ya anda preparando el Consejo para cuando acabe el entierro. Después de todo, el fallecimiento de Don Amadeo no ha sido en absoluto algo inesperado, y tanto su padre como Castillejos llevan meses preparando la sucesión

-Todavía tenemos muchos enemigos en este país, que quisieran vernos poner proa de vuelta a Italia

-Sí, pero también muchos aliados. Es cierto que los Borbones tenían muchos partidarios, pero tras el reinado de la vieja meretriz -Manuel le lanzó una mirada de reprobación- los españoles estábamos demasiado cansados de ellos... y bueno, su padre terminó desposando a una de ellos -Romanones le lanzó una mirada de soslayo- ¿confía usted en ella?

-Isabel siempre ha sido una buena esposa para mi padre. Y siempre ha sido completamente respetuosa con el legado de mi propia madre. Aunque no somos sus hijos, siempre nos ha tratado con afecto, y en todo momento ha sabido interpretar su papel a la perfección. Es cierto que su matrimonio fue producto de la guerra civil, y tendría sobrados motivos para sentirse como un trofeo de guerra . Sin embargo, creo que en cierto modo mi padre y ella lograron llegar a tener cierta felicidad en su convivencia, o al menos cordialidad y afecto

-Doña Isabel es muy querida por el pueblo. Diría que, tal vez, es la persona de la familia real que goza de mayores simpatías. Si confía usted en ella, puede suponer un gran apoyo en este momento. Toda ayuda será poca


Ambos salieron del salón de columnas y se despidieron. Manuel se dirigió a los aposentos de su padre, y pidió ver a su madrastra, que lo recibió en su sala de té. Allí la encontró, sentada como acostumbrada en su sillón de lectura. Tenía una expresión de sincera pesadumbre.

-¿Ya se han marchado todos? - invitándole con un gesto a sentarse a su lado

Siguiendo su costumbre cuando tomaban el té en privado, le sirvió una taza. Según le explicó, cuando no había nadie prefería servir ella misma el té a la familia.

-Sí, parece que nos van a permitir tener una última noche de tranquilidad antes de la tormenta

-Bueno, la tormenta ya está aquí, pero tu padre hizo un buen trabajo, y creo que el barco resistirá el envite -le miró, tratando de sonreír- ahora depende de ti mantener firme el timón

-No puedo decir que no sienta el barco moverse demasiado bajo mis pies, ni siquiera estoy seguro de poder aferrar el timón. Ni España es un país fácil para reinar, ni yo tengo experiencia alguna

-Tu padre sólo tenía 4 años más que tú cuando llegó a España, y te aseguro que España después del reinado de mi madre y dos años de república era un país bastante más complicado. Dudo de que vayamos a vernos envueltos en una guerra civil como la del 73. Contó con buenos consejeros, en los cuales podrás apoyarte tú también. Tu padre deja un reino en paz 

Tomaron el té en silencio, perdidos en sus pensamientos. Sin apenas mirarse. Sintiendo la opresión de la ausencia.

-Si me disculpas, por favor, necesito reposar

-Por supuesto, mañana será un día muy largo - se inclinó y le besó la mejilla - Descanse


Ella le observó alejarse. Y pese a no serlo, se sintió muy vieja.



Comentarios

Entradas populares de este blog

El año de la plaga (I)

El fin de un tiempo (II): Patriotas