El año de la plaga (I)

"... según informa la OMS, la nueva variante, que ha sido etiquetada como ómicron. Al parecer, esta nueva variante es mucho más contagiosa que las anteriores, lo que explica su rápida difusión entre la población, que hace que ya sea la variante mayoritaria en los países del sur del continente africano. Según informan las autoridades, la situación está controlada. Sin embargo, el cierre de las fronteras ejecutado por varios países de la zona no parece la medida más tranquilizadora. China ha ordenado interrumpir el tráfico aéreo con África, y la UE estudia la suspensión de los vuelos con origen o destino Sudáfrica y Mozambique..."  (fragmento de informativo de radio de una conocida cadena de radio española, emitido el 24 de noviembre de 2021)


 En noviembre de 2021 el mundo llevaba ya un año y diez meses de pandemia de coronavirus. Casi dos años desde la detección de los primeros casos. Tras meses de cuarentenas y confinamientos, y tras la administración de las vacunas en la mayor parte de los países (al menos en aquellos cuyos sistemas de salud podían costeárselo), daba la impresión de que la pandemia causada por la COVID-19 empezaba a abandonar la fase epidémica, y se preparaba para entrar en una nueva fase endémica en la que se convertiría en una más de los cientos de infecciones respiratorias que, periódicamente, propagaban brotes menores por el mundo. 

Atrás habían quedado la zozobra y la desesperación del año 2020, y del invierno de 2021, cuando el mundo llegó a registrar la espeluznante cifra de un millón de muertos en un mes. Durante los meses de octubre y noviembre, el número de nuevos contagios se había reducido a cifras mucho más manejables de poco más de una decena de millones de nuevos casos al mes, y aunque las cifras de muertes seguían siendo muy altas, eran con todo menos de la mitad de las registradas unos meses antes. La situación parecía ir evolucionando positivamente, reconduciéndose a una cierta normalidad.

Y entonces ocurrió.

No sabemos cuánto tiempo llevaba la variante que pasó a la historia como "variante ómicron" propagándose por el continente africano. Probablemente el ligero aumento de la mortalidad que mostraban algunas estadísticas a finales de verano debió dar una pista, pero el optimismo por la atenuación de los efectos de la variante delta en Europa y América del norte, y los buenos datos de China, unido al cansancio general, hicieron que aquello pasara desapercibido más o menos para todo el mundo. A fin de cuentas, los sistemas de salud pública de los países del África subsahariana estaban completamente desbordados desde principios de la pandemia, pese a que la incidencia era comparativamente menor allí que en otras regiones del mundo.

El 8 de noviembre, científicos sudafricanos tomaron, en Botsuana, la primera muestra de la nueva variante, no obstante sus conclusiones no se hicieron públicas hasta el 24 de noviembre, si bien ya días antes emitieron un informe preliminar alertando de que la nueva variante que estaban investigando ya era la mayoritaria en la región de Gauteng. Para ese momento ya se habían detectado casos de transmisión intracomunitaria de la nueva variante en Reino Unido, Hong Kong, Italia, Israel, Países Bajos y Bélgica, y había casos sospechosos muchos otros lugares. Para el día 27 de noviembre se notificaron los primeros brotes epidémicos de la nueva variante en Reino Unido, y en apenas un par de días, se notificaron otros brotes en Italia, España, Francia y Alemania.

En un primer momento, la sintomatología de la nueva variante no parecía diferir de la anterior, salvo en dos hechos puntuales: esta variante no causaba la pérdida de olfato que era típica de variantes anteriores, y aunque su periodo de incubación era ligeramente más largo, tardaba de media 36 horas más en mostrar los primeros síntomas. En promedio, el periodo de incubación paso de 5 a 7 días. Esto favoreció su transmisión de forma mucho más rápida.

No obstante, a medida que la variante se fue difundiendo, se empezaron a describir síntomas nuevos que no se habían detectado en variantes anteriores. Fiebre muy alta desde las manifestaciones iniciales, deterioro de los tejidos conjuntivos, y en particular, de los vasos sanguíneos. En un 80% de los casos se observaba la formación de hemorragias en las mucosas. En un 60% de los casos, dichas hemorragias afectaban a los pulmones, y terminaba por producir la muerte del paciente.

De repente, un mundo que empezaba a relajar las medidas más duras de contención, fue alcanzado por una variante causaba secuelas muy graves en un 80% de los pacientes que mostraban síntomas, y la muerte en el 60% de los casos, con una tasa de contagio que se estimó superior en más del 50%, y con una reducción de la eficacia de las vacunas que, en un primer momento se estimó en un 40%. 

Sin embargo, a medida que pasaron las semanas, se vio que las vacunas apenas otorgaban ninguna protección ante la nueva variante: el mundo estaba de nuevo en la casilla de salida, pero con una enfermedad mucho peor que aquella que había hecho saltar las alarmas en 2020.

La virulencia de la nueva cepa, que fue bautizada como COVID-21, no tardó en propagar una tremenda ola de mortandad por todo el mundo. A 10 de diciembre China cerró sus fronteras por completo, sometiendo a un aislamiento salvaje a Hong Kong, donde la plaga campaba completamente descontrolada. Por todo el mundo, se establecieron cierres de fronteras, bloqueo del tráfico aéreo, y nuevas medidas de confinamiento y cuarentena salvajes, destinadas a evitar que las fiestas navideñas pudieran suponer un aumento en los contagios. Para el 21 de diciembre, cuando apenas se cumplía un mes del primer aviso emitido por los científicos sudafricanos comenzó a llegar el impacto de la primera ola de COVID-21 a los sistemas de salud de Europa y Estados Unidos.

Se decretó el cierre de la economía y la cuarentena obligatoria en prácticamente todo el mundo. En varios países europeos se ordenó detener el tráfico aéreo, el tráfico ferroviario y cualquier desplazamiento por carretera que no respondiera únicamente a desplazamientos de servicios esenciales, toda vez que se reducía la lista de profesiones esenciales a su mínima expresión. El cierre más salvaje se impuso en todo el planeta como único medio para luchar contra la epidemia, volviéndose a las escenas de la primavera de 2020. Sin embargo, en esta ocasión, con un estado de terror mucho peor que el de entonces.

Enero de 2022 comenzó con la orden de confinamiento estricto en todos los países de la Unión Europea. En Estados Unidos, la administración Trump se resistió inicialmente a ordenar el confinamiento. Tras la toma del Capitolio del 6 de enero los ánimos estaban tremendamente crispados. Sin embargo, ante la presión de las cifras no quedó más remedio que firmar el decreto presidencial de confinamiento. Aquel mismo día se conoció que tanto el presidente saliente, Donald Trump, como el recién electo Joe Biden, habían contraido la enfermedad. Pese a los inmejorables cuidados médicos, ninguno de los dos llegó a la fecha del juramento presidencial del 20 de enero: Donald Trump falleció el 14 de enero, y Joe Biden el 18.

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